Actualmente, a nivel nacional se está realizando una prueba piloto consistente en que trabajadores de empresas de diversos sectores prestan servicios durante cuatro días a la semana, de tal suerte que en lugar de tener una jornada ordinaria semanal de cuarenta horas han pasado a tenerla de treinta y cinco. Y la guinda del pastel: Sin que el salario les haya resultado proporcionalmente reducido (20 %).

La prueba piloto costará a los españoles 50 millones de euros (a cargo del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia). Este dinero irá destinado, por un lado, a orientar a las empresas sobre cómo deben actuar para que produzcan en treinta y cinco horas, cuanto menos, lo mismo que producían en cuarenta. Y, por otro lado, para sufragar el 20 % de los salarios de los trabajadores afectados por la mencionada reducción.

Son muchas las opiniones a favor y en contra de esta medida. Los que están a favor entienden sobre todo que la jornada laboral semanal de cuatro días traerá prosperidad materializada, principalmente, en mayor productividad, mayor conciliación familiar y laboral y, fomento de la contratación.

Yo soy de los que están en contra. Y, ello porque partiendo de una visión generalista, considero que son muchas las piezas del puzzle y no creo que vayan a encajar, amén de que no acabo de ver que el nuevo modelo tenga las bondades que sus defensores mantienen.

Es posible que llegado el día este modelo pueda ser implantado en alguna empresa o como mucho, en empresas de un sector muy determinado, pero en todo caso de manera marginal. Los resultados que se obtengan de la prueba piloto no tendrán un impacto hasta el punto de que se reforme el actual contenido del párrafo segundo del artículo 34.1 del Estatuto de los Trabajadores.

Creo que, primeramente, para afirmar que la productividad aumentará, se deberá conocer lo que produce o es capaz de producir un trabajador (esto es diferente a la carga de trabajo). Puede parecer fácil conocer estos extremos, pero en realidad resulta harto difícil.

La época fordista en la que se producía bienes industriales en serie, permitió saber con exactitud la producción de cada trabajador. Permitió conocer cuando un trabajador era más o menos productivo (y, por extensión, rentable) porque se tenía conocimiento de cuantas cajas (o cualquier otro producto) era capaz de hacer en un determinado intervalo de tiempo.

En la actualidad, el modelo productivo es muy diferente. A diferencia de la época fordista, son muchas las empresas dedicadas a la producción de bienes intangibles (productos o servicios) y, al contrario de lo que sucedía antaño, la mano de obra no descansa en la fuerza física sino en el conocimiento.

El conocimiento no siempre ni puede ni debe aplicarse por igual. Su aplicación se deberá adecuar al caso en concreto y, por ende, son frecuentes las ocasiones en las que se superará la jornada laboral semanal de cuatro días.

Sería crasso error  considerar que un Letrado es más productivo que otro porque se encarga de la defensa de asuntos cuya cuantía es elevada. Esto es así, porque es muy posible que existan otros de asuntos cuya cuantía sea inferior (o incluso no tenga), pero el Letrado deba invertir mucho más tiempo que el otro porque aquéllos versen sobre alguna materia novedosa o sobre la que existe escasa biografía, jurisprudencia o doctrina judicial.

Creo que salvando las distancias también le sucede a un arquitecto y a un ingeniero. Estos pueden hacer planos o cálculos en su estudio, pero al acudir in situ a la obra los profesionales comprueban que el trabajo realizado hasta el momento debe ser objeto de profunda alteración; lo cual, implica que deban invertir más horas que las esperadas inicialmente.

En suma, con casi toda probabilidad estos profesionales para realizar bien su trabajo, conforme a sus códigos deontológicos y, en última instancia, conforme a su lex artis, deban invertir más de treinta y cinco horas en cuatro días a la semana. Exceso, que todavía está por ver que la empresa vaya a contratar a otro profesional para cubrirlo.

En otro orden, si realmente una de las bondades de la nueva jornada laboral es la conciliación de la vida familiar y laboral, de nada servirá si los centros educativos no son capaces de garantizar la adecuada impartición al alumnado de las materias contando para ello con un día menos a la semana.

Pero es que, además. La jornada de cuatro días supone empezar la casa por el tejado porque existen otras medidas de conciliación familiar y laboral que todavía no se están cumpliendo, habida cuenta de estar reguladas normativa y convencionalmente.  

En concreto, me estoy refiriendo al teletrabajo, a la desconexión digital. Y, en último término, a que sistemáticamente a lo largo del año los trabajadores superando el límite máximo de horas extraordinarias y complementarias.

Para finalizar y sin perjuicio de la situación por la que atraviesa nuestro país ocasionado por la pandemia sanitaria (disminución del PIB, ERTEs, aumento de la tasa de desempleo) y de lo que está por venir (EREs, descuelgues salariales, concursos de acreedores, etc.), la implantación ex lege de la jornada de cuatro días, en mi opinión, es una nueva ensoñación política que genera falsas esperanzas, no es una prioridad (sin duda hay a otras que sí merecen especial atención) y, lo que es más importante: No tiene encaje en el contexto social a corto, medio y largo plazo.

En resumen, ni está ni se le espera.

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